¡3.000 lectores en bibliotecas!


3.000 lectores han leído mis obras en bibliotecas públicas de España, quizás más: solo he tenido acceso a información parcial —algunas no muestran estos datos, aparte de las de otros países—; pero, con independencia de la cifra, es algo que me hace muy feliz, y no solo por razones obvias:

Supongo que, si me seguís, ya os habréis dado cuenta que menciono bastante a las bibliotecas pese a que hacerlo podría suponer pérdida de ventas. Sí, es cierto, pero me hace mucha ilusión porque fueron muy importantes en mi infancia, y supongo que también lo estarán siendo para otros muchos niños que, al igual que yo, son de orígenes humildes. Es a ellos a quienes tengo presente especialmente.

Veréis, tendemos a pensar que, si en nuestro entorno todos saben algo, eso se extiende al mundo entero. Pero no es así. De pequeño, creía que la única manera de conseguir libros era comprándolos, y de segunda mano porque nuevos eran inaccesibles para la economía familiar. Así que, tenía que conformarme con ir con mi madre, una vez al mes, a una librería de ocasión: O Moucho. Quedaba lejos de mi casa, a casi una hora andando a mi paso —desde el barrio en el que crecí, Monte Alto, hasta la Ciudad Vieja—, pero para mí era un día muy especial y esperado, la caminata era lo de menos.

Me pasaba gran parte de la mañana o la tarde allí dentro, buscando el mejor libro que pudiera encontrar; si me equivocaba, tendría treinta días para arrepentirme. Así que, me aseguraba y mucho de que, lo que me llevaba, me fuera a gustar, sino la espera sería aún más larga. Por suerte o por pericia, no recuerdo ni una sola vez que me equivocara, aunque llevara su tiempo leer por encima los demás descartados, y tenía que hacerlo rápido, antes de que a mi madre se le agotara la paciencia.

No fue hasta que, en el colegio, alguien mencionó que había una biblioteca al final del pasillo, una puerta que siempre había visto cerrada. Según dijeron, podías coger un libro prestado durante unos días para leerlo y luego devolverlo. Pensé que era una broma. «¿Libros gratis? No es posible». Aunque no recuerdo cómo ni quién me dio acceso a aquel lugar de Sanjurjo de Carricarte, no he olvidado la primera impresión que me llevé: fue como entrar en un mundo mágico. La sala era pequeña, estrecha y alargada, pero estaba repleta de estanterías de madera reluciente, ¡igual que los libros! Cuando los toqué y los ojeé, me pareció increíble que estuvieran nuevos y, más aún, ¡que me gustaran casi todos! ¡Había muchísimos y todos escritos para mi edad, para mí!

Fue mi paraíso particular durante aquella época, en la que me di prisa en leer todo lo que pudiera por si acaso; era demasiado bueno como para ser real. De hecho, las primeras veces, me acuerdo perfectamente de recorrer el pasillo apretando el libro contra mi costado, temiendo que tuviera que devolverlo sin poder leerlo. Eso de llevarte algo sin pagar, no acababa de entenderlo. Y, además, quien me lo daba, ni siquiera era amigo mío. Era algo muy raro, así que intentaba pasar desapercibido cuando estaba dentro, como aprovechando una situación que no creía duradera y que pretendía alargar haciéndome el despistado.

No sé si José Ramón, el librero de O Moucho, echó de menos que dejara de ir hasta allí todos los meses; pero, en cualquier caso, esperaba que no se lo hubiera tomado a mal —si lo de la biblioteca no perduraba, tendría que volver— y confiaba en que no supiera que había dejado de comprar sus libros por conseguirlos gratis en otro sitio. Si me prohibía la entrada, ¿qué haría entonces?

En fin, eran preocupaciones y pensamientos de un niño que todavía ignoraba muchas cosas del mundo. Obvio que acabé sabiendo poco después que la función de las bibliotecas es esa, fomentar y facilitar el acceso libre a la cultura, y que la del colegio no era la única en hacerlo. Gracias a ellas, leí muchas historias que, de otra forma, no me lo hubiera podido permitir hasta años después, y quién sabe, tal vez ya nunca hubiera conocido.

Sin duda, para mí fue clave el esfuerzo de mi madre por mostrarme la increíble magia de los libros, pero también el de aquella sala cerrada del colegio por ampliar mi horizonte. Y es por eso, por mi propia experiencia, por la que siempre ensalzo y destaco la labor de las bibliotecas, y también por la cual celebro que miles de lectores me estén leyendo a través de ellas.

Creedme, cuanto antes le descubráis la literatura a los más pequeños, más disfrutarán de ella durante toda su vida. Y les haréis un gran bien: no solo por la diversión que conlleva, sino además por otros muchos beneficios en salud, desarrollo y habilidades muy necesarias en la vida, como bien señala la Biblioteca Juan Alberto Aragón Bateman.

P.D.: Por si os lo estáis preguntando, sí, volví también a O Moucho y José Ramón nunca me prohibió la entrada. Todavía conservo los libros de aquella época como un tesoro conseguido en una gran aventura.

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